
Salimos con prisa y la maleta era mínima. Menos mal que en la playa se llevan los pies descalzos, porque nuestro equipaje llevaba poca ropa y mucha ilusión. La ilusión de pasear nuestros pies descalzos por la arena y de descansar, por fin unos días.
Nos ayudó a relajarnos el ambiente desenfadado y cosmopolita del Parque, la naturaleza volcánica y omnipresente, y el Hotel, donde nunca supimos si habíamos olvidado algo en casa, o si algo nos hizo falta ya que, tal vez conscientes de la moda de los pies descalzos, tenían preparada ¡hasta la sombrilla!. Así que, entre baño y baño, entre paseo y paseo, entre descubrimiento y descubrimiento, disfrutamos de un descanso lleno de cosas sencillas que hicieron nuestra estancia fácil, fresca, cómoda y que, dentro de esa sencillez, nos hicieron sentir como a unos jóvenes mimados del siglo XXI. Detalles añadidos que se anticiparon a cada momento a nuestras necesidades y deseos: las toallas para la piscina, la sombrilla para la playa, el agua fresca en nuestra habitación, oasis de nuestras vacaciones, la merienda al despertar de una siesta reparadora...y cogimos fuerzas y cuando decidimos aventurarnos con las bicis ¡las bicis estaban en la puerta!. Sí, este verano se llevan los pies descalzos, de lo demás no hemos tenido que preocuparnos, por eso soñamos con volver a la arena, a la sal y al sol, a los paseos, al sonido del silencio...y al Hotel que nos descubrió “la moda de los pies descalzos”.





